sábado, 26 de abril de 2008

34º Feria internacional del libro

34º Feria internacional del libro
"Los desastres se volvieron rentables"
La escritora canadiense Naomi Klein, autora del libro La doctrina del shock, volvió a criticar al neoliberalismo; su disertación, a sala llena, resultó una de las atracciones más importantes de la segunda jornada de la muestra
Sábado 26 de abril de 2008 Publicado en la Edición impresa
Si América latina le dio a Naomi Klein la idea original para investigar el "capitalismo del desastre", el mismo continente le está dando ahora razones para cierta esperanza. "Creo que América latina está en medio de una reconstrucción después del neoliberalismo, sobre todo en ciertas partes del continente", dijo anoche la periodista e investigadora canadiense, al presentar su último libro, La doctrina del shock (Paidós), en la segunda jornada de la Feria del Libro, con el auspicio de adn CULTURA. El optimismo vino bien para un auditorio que, en atento silencio, acababa de escuchar una inquietante descripción del modo en que el capitalismo ha utilizado los desastres naturales y las crisis económicas y políticas para hacer avanzar su impulso privatizador, la idea que Klein defiende en su libro, que en 600 páginas encuentra confirmaciones en Estados Unidos, Polonia, Rusia, China, Irak y los países del Cono Sur. Tan segura y contundente al hablar en público como lo es en su prosa, Klein compartió un diálogo con el periodista Nelson Castro, que destacó "el conocimiento y nivel de información extraordinario" del libro. Los escuchó una sala Jorge Luis Borges casi colmada de un público de edades variadas, que llegó temprano, aplaudió algo molesto cuando se demoraba el comienzo, pero volvió a hacerlo con sonido de ovación cuando la autora desplegaba sus críticas contra el neoliberalismo. Imágenes El primer shock se lo llevó, en rigor, el público, porque la presentación comenzó con un video, realizado por la propia Naomi Klein y el cineasta mexicano Alfonso Cuarón, que sintetizó la idea del libro, con imágenes de distintos desastres -el huracán Katrina en Nueva Orleáns, los atentados del 11 de Septiembre de 2001, inundaciones en Sri Lanka- con extractos del manual de interrogatorios usado por la CIA desde los años 50, en un paralelo del modo en que el sistema económico aprovecha el estado de indefensión de las personas golpeadas por un shock para aplicar sus recetas económicas. En inglés, Klein describió la novedad del "capitalismo del desastre": "El mercado se ha adaptado a una realidad de crisis constante y aún así puede generar ganancias. Los desastres mismos se han vuelto rentables", dijo, y citó largamente el ejemplo de la llamada "guerra contra el terrorismo" que Estados Unidos comenzó después de 2001. "Bush privatizó cada aspecto de la guerra: la seguridad interna, las armas, el negocio del petróleo y el gas, hasta el cuidado de la salud de los soldados. En Irak hay 180.000 contratistas privados y 160.000 soldados", apuntó. El ejemplo sirve, según la investigadora, para mostrar que los gobiernos neoliberales de muchos países llegaron a "la última frontera de la privatización", al entregar a manos privadas el ejército, la policía, la ayuda humanitaria y hasta la gestión gubernamental misma. Para los que ya habían leído el libro, la autora regaló un paso más allá de su análisis. "Escribí este libro para protegernos del próximo shock, porque vamos a enfrentar varios de ellos en el futuro", alertó. Citó, en ese sentido, la recesión económica global, la crisis de los alimentos y los problemas ecológicos. "En cada caso, se están usando las mismas tácticas para hacer avanzar la privatización aprovechando esos impactos. Por ejemplo, se usa la crisis alimentaria para imponer los cultivos transgénicos, o la recesión económica para privatizar la seguridad social", dijo. Agradeció varias veces a la Argentina por haber inspirado en ella la mirada que dio inicio al libro, cuando vivió aquí en 2002 y 2003. Klein equilibró la balanza y dedicó parte de su discurso a las opciones frente al "capitalismo del desastre". "Las crisis también pueden ser momentos para señalar la incapacidad del mercado de autorregularse y hacer avanzar el colectivismo", postuló. "¿Por qué parece que los países no terminan de aprender de sus shocks?", quiso saber Nelson Castro. "Los gobiernos neoliberales no llegan al poder prometiendo terapias radicales, sino cambios y buena gestión. Pero una vez que están al mando, se autorrefuerzan, porque usan la amenaza del shock permanentemente", describió. Y avanzó con un consejo: "El mejor momento para intentar cambios no es cuando hay estabilidad, sino en medio de la crisis, cuando las amenazas ya son reales". Por Raquel San Martín De la Redacción de LA NACION

viernes, 18 de abril de 2008

El flaco de la esquina

El flaco de la esquina
Y él estaba siempre ahí. Vestido con un conjunto amarillo y verde. Flaco como un escarbadientes, lungo de casi seis metros y con unos ojos grandes y saltones que titilaban luces. Yo que lo conocía de chica nunca me había detenido a mirarlo más que para cruzar la calle. Supongo que son las típicas cosas a las que uno sólo mira por algo y nunca se detiene un poco más, aunque sea, y le regala una mirada más profunda.
Él, de la esquina no se movía nunca. Tieso dirigía a los autos sin más señas que las que sus ojos daban. Yo no podía creer como algo tan abiótico podía organizar, con sólo un cambio de color, a la maraña de autos que transitaban aquella avenida. Creo que ni siquiera los automovilistas alguna vez se preguntaron cómo es que él les decía cuando avanzar, cuando frenar… En fin, entre el rojo, el verde y el amarillo de sus ojos se movía la ciudad esa mañana. Esa mañana, también lo haría esa tarde, esa noche, esa semana, ese mes. Porque el flaco no duerme, sólo se toma unas horas de descanso en las que su luz amarilla titila sola. Este trabajador no pago por cierto, que soporta lluvias, calores insoportables y algún que otro insulto cuando alumbra su ojo rojo. De chica nunca pude descubrir cómo es que funcionaba, es más aún no lo se. Pero cronometrado a reloj cambiaba de color su vista, ni un segundo más ni uno menos.
Y yo no hacía otra cosa que mirarlo sentada en el banco de la plaza. Recuerdo a otros como él parados en varias esquinas de la ciudad que compartían el mismo trabajo, pero que se diferenciaban unos de otros. Los había más petisos y con cabeza más cuadrada, pero mi preferido era él, el de esa esquina. Para todos era igual que el de la otra calle, aunque para mí era diferente. Era diferente porque ese día me detuve a verlo a él, y es así como algo se vuelve trascendental o importante con respecto al resto. Sin embargo éste nunca se inmutó de mis tres horas de contemplación. El lungo miraba siempre hacía adelante, no perdía de vista su labor, creo que no podía darse el lujo de mirar dos segundos si quiera hacía el costado.
La gente pasaba cerca de mí y me miraba extrañada al verme contemplar a aquel personaje infaltable en cada ciudad. Ese actor que no espera a que la luz se prenda para actuar pero al que nadie aplaudía.
El mediodía me encontró junto al flaco bajo el sol. Algunos automovilistas apurados se tomaban el atrevimiento de pasar sin que este se los permitiera, igual él poco les podía decir. Supongo que la gente es así, como el flaco no puede hacer más que quedarse parado, lo ignoran. Pero más de una vez he escuchado que muchos piden por uno como él en alguna que otra esquina.
Yo ya debía volver a casa, presumo que mi mirada atenta, de casi ya cuatro horas, hacía que la relación con el flaco sea diferente. Este flaco que seguiría allí, al que tendría que mirar cada vez al cruzar la calle caminando o en auto. Este vestido de traje amarillo y verde, que en cada esquina seguro lo ves. Este que algunos suelen llamar semáforo, como mezclando la palabra “seña” con la frase verbal “que lleva”. La seña que lleva, que guía.
Micaela Ledesma Stronati

EL SEMAFORO,RESPETADO,VIOLADO......

El semáforo

Respetado, violado e ignorado; de mañana, tarde y noche, el semáforo se hace presente en nuestro paisaje urbano desde los comienzos de nuestro territorio como ciudad. En las esquinas de las calles más transitadas suele jugar con la impaciencia de conductores que, en muchas ocasiones, no pueden vencer la tentación de desobedecerlo, aun sabiendo que este tipo de actos deriva muchas veces en desenlaces poco felices. Quienes lo respetan podrán ver mientras esperan el verde no sólo pasar los autos de las otras calles, sino también jóvenes malabaristas que se ganan la vida enseñándonos sus destrezas a cambio de una moneda o vendedores ambulantes con los que es necesario realizar la transacción en pocos segundos si no se quiere recibir un concierto de insultos por parte de los conductores que esperan detrás su autorización para salir.
Se encuentra tan arraigado a nuestras costumbres que se nos hace difícil prestarle atención o reparar en él y lo que representa. Es símbolo de la seguridad vial y la prudencia y testigo del tránsito y las actitudes de los conductores. El semáforo puede marcar la diferencia entre un pequeño pueblo y una ciudad, entre el orden y el caos, y por qué no entre la vida y la muerte.
Martín Andrés Gerlo.
Martin_gs5@hotmail.com

jueves, 17 de abril de 2008

servicio

VISITÁ PERIODISMO SIN FINES DE LUCRO
www.periodismosinlucro.com.ar
PRIMER PROGRAMA RADIAL SOBRE EL TERCER SECTOR - FM LITORAL - VIERNES DE 19 A 20.30



La quema en islas y la necesidad de medidas urgentes
¿Quién responde por los riesgos ambientales?

Organizaciones ecologistas de Rosario y Paraná reclamaron un ordenamiento territorial de las islas que permita finalizar con los incendios.
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LOCALES
La UADER y el Ministerio de Salud y Acción Social firmaron convenio para implementar Programa SIEMPRO-SISFAM

El Relevamiento Domiciliario "Las Familias Cuentan", se iniciará el viernes 18 de abril en San Benito y Colonia Avellaneda. Las Facultades convocaron a estudiantes, graduados y docentes, quienes se capacitarán hasta el miércoles 23 de abril para emprender la tarea.
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INFORME
Nutrición para niños con patología diabética

Un niño con diabetes puede beneficiarse del mismo tipo de dieta saludable como el de la gente sin diabetes. De hecho, toda la familia puede beneficiarse en conjunto de la misma comida saludable. Aunque los niños con diabetes no tienen que seguir una dieta especial para dicha enfermedad, quizás necesiten prestar más atención a qué hora comen y cuánta comida está en su plato.
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LOCAL
Avances en el tratamiento de la diabetes tipo 2

La Liga Entrerriana de Ayuda a Personas con Diabetes (LEADI) compartió con PERIODISMO SIN FINES DE LUCRO el aporte profesional acerca de los avances en el en el tratamiento de la diabetes tipo 2.
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LOCAL
Horarios de atención de LEADI

De interés para pacientes diabéticos. Se modificó el horario de los jueves en el Hospital Arturo Illia.
-- PERIODISMO SIN FINES DE LUCROPRIMER PROGRAMA RADIAL SOBRE EL TERCER SECTOR

estadisticas creibles

DEBATE
Estadísticas creíbles para mejorar la realidad social
Para el debate público, la vida cotidiana y la formulación de estrategias de transformación, se necesita una información reconocida como válida.
Por: Pablo Kreimer Fuente: SOCIOLOGO (PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE QUILMES/CONICET)
Las estadísticas, tanto como otras formas de recoger datos sobre la sociedad, construyen representaciones. Estas aproximaciones funcionan, necesariamente, por consenso. Por ejemplo, si le preguntamos a un conjunto de personas "¿qué es un pobre?", tendremos una diversidad de puntos de vista: desde cuál es el nivel de ingresos a partir del determinarlo, hasta ciertas condiciones de vida que juzgamos como "necesidades básicas". A partir de allí podemos generar un consenso y establecer que "serán considerados pobres quienes tengan ingresos familiares menores a X pesos". E intervenir (es decir, hacer políticas) en función de eso.Las políticas se basan necesariamente en estos consensos. Así, si nuestras representaciones nos muestran que una porción importante de ciudadanos no sabe leer y escribir, se podrá poner en práctica un conjunto de acciones que tiendan a alfabetizar a esas personas.La legitimidad de las representaciones se construye y estabiliza con el tiempo, hasta que funcionan como "datos objetivos" (no lo son, es cierto, pero su utilidad social depende de eso) que orientan las conductas de gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y la vida cotidiana.En los países más avanzados, las oficinas de estadísticas funcionan de un modo autónomo e incuestionable, generando una base común sobre la que no se discute, a pesar de que luego las interpretaciones pueden estar sujetas a un debate público. En el último debate electoral en España entre Zapatero (PSOE) y Rajoy (PP), el primero mostraba que la inflación se había mantenido por debajo del 3,8% que habían heredado del gobierno anterior. Su rival, en cambio, insistió en que el pan, la leche y la carne habían aumentado mucho más (por encima del 10%), y que eso es lo que perciben los ciudadanos. Naturalmente, ambos tienen razón, y a nadie se le ocurrió decir que los datos del rival no eran ciertos. En este marco, la intervención que ha hecho el Gobierno en el INDEC —que gozaba hasta hace poco tiempo de un consenso muy fuerte y aceptado por décadas durante sucesivos gobiernos— resulta gravísima, porque impide predicar sobre una realidad que, si antes era aproximada, ahora un enigma. Si la Presidenta quisiera debatir con algún líder de la oposición, imitando a sus pares españoles ¿quién puede saber de cuánto fue la inflación o cuánto aumentó la leche, el pan o la carne en nuestro país?Pero, más grave aún: ¿sobre qué bases se gobierna y se promueven políticas, si no se conoce sobre qué realidad social se está operando? Un ejemplo: los líderes sindicales reclaman para sus representados aumentos que superan el 20%, mientras que el índice de precios al consumidor (IPC) del último año (hay que aclarar: el IPC "oficial") fue del 8,5%. ¿Alguien supone seriamente que los trabajadores de esos sectores se van a beneficiar con una recuperación de sus haberes del 11,5% en términos reales?El Gobierno actual recién comienza, y el anterior fue excelente que fortaleciera a la Corte con gente de incuestionable idoneidad. En el INDEC tiene la posibilidad de enmendarse: convocando a especialistas nacionales e internacionales que reconstruyan el consenso perdido, para que se pueda discutir sobre cómo intervenir sobre la realidad social, pero no sobre la realidad misma.No podemos conocer "la verdad" sobre la sociedad, así como no podemos estar seguros de aquello que "es justo", y por eso actuamos por consenso y delegación: "creemos" en aproximaciones a la verdad, como creemos en las aproximaciones a la justicia. Si las bases de idoneidad y confianza se rompen, es toda la vida institucional la que está en riesgo.

un mundo tricolor

Un mundo tricolor

Todos los días a las seis de la mañana, “Trico” el semáforo, deja de parpadear sus grandes ojos amarillos para comenzar su rutina diaria de trabajo que se extiende hasta las 12 de la noche. Su despertar es puntual y lo hace atacando con una roja mirada intimidante a cuanto vehículo y peatón se acerquen a su presencia. La sincronización es la misma durante las 18 horas que se mantiene despierto.
El semáforo nació con la misión de ordenar el tránsito y fijar la prioridad de paso. Y aunque últimamente son muchas las personas que parecen sufrir de trastornos en la visión, él no se permite enfermedad alguna.
Es un mundo aparte el que se desenvuelve durante los 90 segundos que dura su sincronización completa.
Durante un minuto sus ojos rojos detienen el tránsito vehicular permitiendo el cruce de peatones. Es allí cuando “Trico” se transforma en testigo clave del mundo que se desenvuelve frente a la primera fila de vehículos: jóvenes malabaristas manifestando sus dotes artísticos; la señora en su auto que mientras espera la señal de paso, habla por celular y sube la ventanilla cuando un pequeño se acerca a pedirle moneditas; un colectivo urbano también se detiene; pero el señor en bicicleta que lleva a su hija a la escuela, cruza la esquina sin siquiera aminorar su marcha. Y tras él pasan una moto y dos bicicletas más. Todos parecen sufrir de daltonismo crónico o de ilusiones ópticas que les permiten avanzar.
Luego de intentar cumplir su cometido con la mayor eficacia posible, el semáforo pestañea durante dos segundos sus ojos amarillos y luego muestra, por 30 segundos más, sus brillantes ojos verdes. Señal de paso, todos avanzan.
Muchas veces, hasta los mismos peatones cruzan cuando la luz verde permite sólo el paso de vehículos. Pero siempre están esas personas que miran de reojo a los conductores como desafiándolos, y que sintiéndose toreros frente al toro que a lo lejos se acerca a gran velocidad, cruzan igual... a veces el peatón cumple su objetivo; otras, por más de que cabecee a ambos lados y nadie venga, comienza un trayecto que nunca completa.
A medida que el tiempo pasa, la noche se acerca y el tráfico disminuye, la calle comienza a improvisar una pista de Fórmula 1. A la espera de la señal, dos sonidos superpuestos de escapes furiosos pactan el combate. A unos metros está la meta. Y ahí van. La luz verde del semáforo es el disparo de inicio; cada uno de los autos pone primera, aceleran y la huella de los neumáticos sobre el cemento, prueba la supuesta dimensión lúdica del hecho. En estos casos, somos nosotros quienes generamos una metamorfosis en “Trico”.
Debemos preguntarnos qué preferimos. Si queremos que el semáforo sea testigo del respeto frente a las señales de tránsito o si elegimos que sea cómplice de un mal cotidiano que está evolucionando hacia una idiosincrasia.

Rocío Analía Villalba

E- mail: la_rochi86@yahoo.com.ar



miércoles, 16 de abril de 2008

Simple funcion

Mi función en este mundo es simple, fácil y sencilla: estoy inmóvil en una esquina y tengo que procurar que ningún accidente suceda. Esta actividad que pareciera ser un tanto complicada, para mí ya es una rutina porque, desde que tengo algún tipo de memoria, estoy aquí, haciendo exactamente lo mismo: prender y apagar diferentes luces de colores para organizar el tránsito que cruza frente a mí.
Si alguien quiere encontrarme, no soy muy difícil de ubicar porque siempre he estado en el mismo lugar, justo en la esquina frente una escuela primaria. Aunque parezca extraño lo que voy a decir creo que siempre he sido feliz salvo, claro, cuando ocurría algún accidente delante a mi pero, gracias a Dios, nunca ha habido muchos ni de grandes magnitudes. Sin embargo gracias a las risas de los pequeños al salir de clases, el verlos correr alegres por las veredas y como disfrutan creando juegos en unos pocos segundos, mis días se han hecho más amenos.
La diferencia con otros trabajadores es que mi vida ha sido sin descanso desde un principio. Así es, nada de tener vacaciones ni pensar en respiro alguno. El hecho es que no estoy desconforme con esto, tal vez será porque no he conocido otro tipo de actividad.
A pesar de todo lo que les conté antes en estos días me invade una tristeza dentro de mi cuerpo… Corren los rumores de un despido masivo no por ser inútiles, si no por algo mucho peor: somos considerados ya viejos y como todo lo viejo la inversión que se hace en nosotros es cada vez es más alta. Aunque nos cueste creerlo nos van a cambiar por unos compañeros semáforos más jóvenes que parecieran ser, en un principio más económicos.
Cuando empezó a correr el rumor entre los del barrio creímos que era sólo eso, un simple cuchicheo de la chusma; pero el dato fue llegando



desde otras zonas y cada vez cobraba más fuerza hasta que, hace unos días, empezaron con el recambio.
Mi turno no se hizo esperar. Ayer por la noche llegaron al barrio los encargados de hacer esa horrible tarea. Un miedo se apoderó de mí pensando en el dolor físico que podrían ocasionarme pero ya era momento de que viviera mi propia experiencia. Temblaba como una hoja a más no poder, tenía la sensación de que un viento embravecido quisiera arrancarme de mi apreciado lugar. En el instante en que empezaron con su tarea fue cuando ocurrió algo extraño, me pudieron sentir… No puedo explicar la conexión que se generó entre nosotros dos pero, semáforo y obrero, fuimos uno solo.
─ Tranquilo camarada, se lo que estás sintiendo porque dentro de poco conmigo ocurrirá lo mismo─ me expresó el trabajar municipal.─ Pero, ¿sabés que me conforma? La tranquilidad con que vamos a seguir de ahora más, nada de responsabilidades, nada de culpas si algo sale mal.
Así fue que me tranquilicé y pensé para mí mismo que, después de tantos años de trabajo sin descanso, por fin tenía mis merecidas vacaciones.
Ema Raviolo

un momento de distraccion

El semáforo: un momento de distracción
Transitar por una gran ciudad en hora pico puede resultar un caos. Desde hace siglos se ha encontrado la manera de organizar el espacio urbano, la ubicación y el movimiento de peatones y vehículos por la vía pública.
Entre las señalizaciones más comunes están los semáforos. Por costumbre o tal vez por distracción, todos saben que están allí, pero nadie les presta mayor atención de la estrictamente necesaria.
Existen de varios colores, tipos y tamaños, pero lo que todos tienen en común, además de su función, son los sentimientos que despiertan entre quienes deben perder varios minutos hasta llegar a destino. Podría decirse que es impaciencia, aburrimiento, apuro, cansancio, o simplemente la rutinaria espera en la vuelta a casa.
Lo cierto es que los transeúntes se han acostumbrado… Esa espera en el semáforo es uno de los momentos en el que pueden verse las actividades más variadas frente al volante, desde hablar por teléfono, enviar mensajes con el celular, acomodarse la ropa, peinarse y hasta maquillarse.
¿Son formas de aprovechar un tiempo perdido? Tal vez. Si uno observase con detenimiento este tipo de acciones sería capaz de escribir un libro. El problema se presenta cuando la mayoría de los conductores dedica mayor atención a su pasatiempo que a lo que ocurre a su alrededor.
Miles de vehículos pasan cada hora por las calles de la ciudad: autos, motos, bicicletas, colectivos; otras personas lo hacen caminando con el apuro típico que esta época impone. A veces da la sensación de que ni siquiera se tienen en cuenta unos con otros.
Esos minutos que se consideran perdidos en el trayecto de un lugar a otro, esos que la organización urbana exige, esos que se pasan esperando que la luz verde indique que se puede avanzar; quizá deberían dejar de ser momentos de distracción, ¿qué sucedería si cada uno transita sin pensar en los demás?... ¿Pero si todos harían lo contrario?

Rodrigo Picotti
rodrigopicotti@gmail.com
31 de Marzo de 2008

todos tenemos un amor

Todos tenemos un amor...

Queridos lectores, compañeros de anécdotas de este espacio, hoy me atrevo a escribir porque necesito desahogarme, canalizar esta tristeza y esta melancolía que me oprimen el corazón, este bendito/maldito amor... Antes de seguir quiero presentarme, mi nombre es semáforo y quiero compartir mi historia.
Se que ustedes me conocen, a mi y a mis compañeros, saben que trabajamos en cada esquina de la ciudad día y noche para tratar de poner un poco de orden y dar seguridad, aunque no faltan los inadaptados de siempre que parecen daltónicos y hacen lo que quieren, y después nos toca ver cosas lamentables y fatales en muchos casos. Pero no estoy aquí para protestar por eso o para exigir mayores controles, que no nos vendrían para nada mal, sino para contarles de esta pena que hoy trato de soportar.
Estoy enamorado, muy enamorado. Yo hace relativamente poco tiempo que estoy en la esquina de una plaza, la cual prefiero no nombrar por razones de privacidad, y allí conocí al amor de mi vida. Ella había llegado algún un tiempo antes que yo al lugar y desde el primer día que la vi sentí algo especial. Me acuerdo como si fuera ayer cuando me sonrió y me dijo: “Hola, soy Senda, bienvenido”...Me acuerdo como si fuera ayer que me puse rojo cuando me dijo: “Hacía mucho que te esperaba”...
Paso todo el día mirándola y admirándola, se ve tan bella desde acá arriba, ella esta allí tranquilamente recostada, brindando su dulzura y amabilidad a los peatones; muy distinta a mi que tengo que fruncir el ceño ante los siempre apurados conductores, vaya uno a saber porque. Debo decir que nuestra relación iba muy bien, creciendo de a poco, disfrutando de pasar cada día junto, pero una mañana, hace un mes atrás, alguien se interpuso entre nosotros...
El tránsito había crecido en nuestra zona, necesitábamos ayuda, y un día llegó. Bajó de un camión ultimo modelo, todo altivo (aunque la verdad es bastante más petizo que yo) olía muy bien, muy fresco, muy joven. Al principio no entendí muy bien para que estuviera allí, entonces mi amada me explicó que su función era indicar a los peatones cuando pasar y cuando no; ahí me di cuenta que estaba en problemas.
El pequeño se ganó su simpatía, esta más cerca de ella por lo que la comunicación es mejor que conmigo, comparten el trabajo del cuidado hacia los caminantes y encima “con él las cosas son rojas o verdes, no hay amarillos”, me dijo ella...Que dolor, que sufrimiento amigos ¿Cómo puedo competir yo con él? Ya estoy grande, me estoy despintando y un árbol vecino muy poco simpático me esta tapando con sus ramas.
Estoy cada vez mas lejos de ella...así que si alguna madrugada me ven divagando, como perdido, intermitente, es porque este viejo semáforo tiene una pena de amor...


Ileana Manucci
ile_manucci@hotmail.com

Fauna del semaforo en rojo

Fauna del semáforo en rojo

La fauna que maneja los autos y otros transportes es bien variada. Si nos limitamos a las especies que quedan varadas en el semáforo en rojo y tomamos sólo unos pocos casos, todavía hay para todos los gustos…
Las mujeres que se retocan el maquillaje (y algunas que en el apuro les erran a los labios y se pintan los dientes); los tipos acelerados que aprovechan para hablar por celular o escribir mensajes con una rapidez admirable; los jóvenes que se toman su tiempo para cambiar la radio o para poner otro CD; los que ven cómo la luz amarilla del semáforo se desvanece ante sus ojos dando lugar a la roja justo unos metros antes de llegar a pasar, y con cara furiosa hacen el amague como si fueran a marchar, acelerando y frenando una y otra vez, como apurando a la luz verde; la típica viejita chusma que —sin disimular ni un poco— saca la cabeza por la ventanilla para ver el choque en la otra esquina, cual tortuga que se asoma a la superficie del agua; y lo más insólito, aquellos que primero miran para todos lados y cuando se engañan que nadie los está viendo, se sumergen los dedos en la nariz, insistentemente, con euforia, como quien busca el tesoro perdido, con la cara embobada, la boca abierta y la mirada en un punto fijo e hipnótico.
Pero lo más cómico sucede cuando llega la luz verde. Las del maquillaje se exaltan y tiran sus elementos de coquetería (que se convierten para los acompañantes en peligrosos proyectiles fashion) y salen picando, como si estuvieran llegando tarde al desfile.
Los del celular ya no pueden abortar una misión que está avanzada, así que siguen hablando o escribiendo en marcha, cada vez más rápido, aun corriendo el riesgo de chocar, pues se debe terminar lo que se empezó y nada se antepone a esto.
Los jóvenes musicales nunca terminan poniendo lo que querían, así que queda sonando una chacarera en la radio de folklore, o bien el CD rayado (que era el que estaba más a mano, tirado en el suelo del auto o por ahí arriba entre otros tantos bártulos).
Los apurados arrancaron 5 segundos antes de la luz verde, en uno de sus amagues, y ya van por la siguiente cuadra: ellos son los que están concentrados calculando el momento en que la luz cambiará, y los pobres se equivocan; lo curioso es que siempre se equivocan a su favor y terminan marchando antes que todos los demás, ¡mirá qué sonsos!
A la pobre vieja y a los mocosos les toca la peor parte: los bocinazos vienen de todos lados. La mujer mete rápido la cabeza en el auto —no sin dejar de chusmear de reojo— y pisa el acelerador a fondo para calmar a la multitud que brama y a los motores que rujen detrás suyo, pero no lo hace porque vea la luz verde (de hecho no se sabe si vé algo), sino porque es como un acto reflejo, una sana costumbre; ella piensa: “primero las bocinas, después las puteadas, ¡ahora acelero!” Y los últimos, finalmente, con el susto de las bocinas que sorprenden de repente, se entierran de un solo saque el dedo índice de turno hasta donde la fosa nasal se los permita, y es como que vuelven en un instante convulsivo de ese lugar maravilloso en el que estaban y se acuerdan que están manejando. Así que no les queda otra y muy a su pesar deben dejar para después tan maravilloso acto de autosatisfacción, y marchan con el conjunto, fregándose unos dedos contra otros con cara de asco, para que si alguien los hubiera visto, se note que fue un desliz, que ¡para ellos también es una cochinada!
La fauna del semáforo en rojo es exótica y complicada. La mujer se podría haber maquillado bien antes de salir de su casa, el tipo podría haber llamado o mandado un mensaje antes de subirse al auto; de la misma manera que la vieja podría haber estacionado al costado y bajarse a chusmear tranquila. Pero no. Pareciera que esas cosas están destinadas al auto, al semáforo en rojo, y salvo por el señor apurado que odia esperar la luz verde, el resto entiende que debe ocupar ese tiempo libre en lo que más les guste… y a veces se les va la mano.




Elías Moreira Aliendro
(elias_ruso04@hotmail.com)

el semaforo

EL SEMÁFORO

Hoy en día la vida nos exige que vivamos a un ritmo vertiginoso, veloz, desmedido, del que pocas veces somos conscientes. Todo el tiempo estamos presionados por ese par de agujitas que nos muestran lo rápido que pasan los minutos, las horas, los días, y de lo poco que disfrutamos de los momentos…
La vida en la ciudad no es tranquila, está llena de ruidos, de luces, de movimientos.
Circular por la calle en el horario que sea, es una verdadera odisea, no apta para cardíacos, pero ideal para los amantes de las aventuras y de los riesgos. Caminos con baches o pozos profundos (demasiados profundos a veces); ciclistas imprudentes y sin luces; peatones suicidas que cruzan sin mirar o automovilistas apurados, inmersos en una histeria insoportable, forman parte del camino cotidiano de quien transita la ciudad. Además, una serie de innumerables personajes se ven a diario, protagonistas del paisaje urbano que muchas veces ignoramos o no nos detenemos a observar.
Pero en toda esta locura en la que estamos inmersos, existe un testigo clave que todo lo ve; un testigo silencioso, casi oculto pero conocido por todos: el semáforo.
El semáforo no solamente es un dispositivo eléctrico que intenta apaciguar el caos del tránsito, sino que es espectador de todo un show que se monta en cada esquina durante el día.
Todo comienza cuando el semáforo con su luz colorada anuncia que por inciertos segundos los vehículos deben detenerse. Es el comienzo del espectáculo, el “circo callejero” hace su presentación: salen a escena grupos de malabaristas y algunos más detallistas se lucen con disfraces. Cada uno demuestra de la manera más rápida lo que se puede hacer con un par de naranjas y con mucha imaginación. Si bien no todos nacieron con dotes circenses, lo que vale es la intención.
Otros más aventureros intentan realizar trucos y malabares con fuego, ante la mirada nerviosa de la primera fila de autos que preferiría huir en ese momento antes que ser parte de un incendio. Pero todo está bajo control… o por lo menos eso es lo que queremos creer.
Mientras, el semáforo continúa en rojo.
Segundos después, escenas tristes de la realidad se hacen presentes ante nuestras miradas: es la cara más triste de la esquina, la que genera impotencia; es la cara de los más pequeños que son condenados día a día a la miseria, que juegan a pedir monedas exponiendo su sonrisa más inocente, cuando en realidad sus ojos demuestran la injusticia social que padecen.
Para algunos conductores el mejor remedio es mirar para otro lado, lamentándose en silencio, mientras que otros optan por desprenderse de las tan valiosas moneditas que cada día escasean más por estos días. Y los chicos contentos…
A este espectáculo no tan dichoso se le suman los infaltables: el joven que perdió una pierna, el que tiene un brazo enyesado o el que simplemente tiene una renguera; personajes que captan nuestra atención y nos generan más impotencia.
Otros protagonistas que se acoplan en la esquina del semáforo, son los intrépidos limpiadores de autos que se abalanzan contra el capó de los de los vehículos y humedecen los vidrios con detergente ante la mirada atónita de los conductores que ni siquiera tuvieron tiempo de negarse al chapuzón.
Todo sea por una monedita…
Luego de algunos segundos, el semáforo amenaza con la luz amarilla y es entonces cuando los autos preparan sus motores y avanzan bajo el reflejo del verde. El show terminó y el desfile de personajes aguarda inquieto ante la próxima fila de autos que se vislumbra a lo lejos...

María Laura Cóceres

asi fue que decidi no suicidarme

Así fue que decidí no suicidarme
Mi psicóloga no sabía qué más hacer conmigo, tras sus fallidos intentos de reparar mi aparato psíquico yo mismo me había diagnosticado depresión. Todos mis amigos estaban casados y tenían una familia y los que no, disfrutaban de la noche, el alcohol y las mujeres. Como si fuera poco mis padres esperaban de mí cosas que yo no les podía dar y para colmo la muy yegua de mi ex novia estaba saliendo con mi vecino. No entendía muy bien si lo que me estaba pasando era simplemente una mala racha o el famoso síntoma de unos treinta años mal puestos, pero sin duda mi vida era una tragedia y como toda tragedia debía terminar mal.
Esa mañana me desperté decidido, no había vuelta atrás. Con una pesadez insoportable me levanté de la apestosa cama que me había regalado mi madre cuando me mudé, los dibujos del hombre araña que la adornaban empeoraban mi mal humor. Me vestí, me puse el pantalón que le gustaba a mi ex, la camisa a cuadros que me había acompañado toda mi adolescencia y como aquel día no sería uno más, también me puse saco y corbata. Tomé mi desayuno, a pesar de todo creía que tener el estómago lleno me iba a ayudar a ejecutar mi plan con más entereza. Antes de irme abracé a Soledad, mi fiel mascota, aquella perra había sido mi única compañía en el último mes.
Cuando llegué al garage descubrí que tenía que cambiar mi auto, el pobre no daba más, de todos modos ese tipo de pensamientos ya no tenían sentido. Saqué el coche a la calle y cuando vi el barrio una ráfaga de melancolía me atravesó el cuerpo y el alma.
Todo el camino fue una lenta peregrinación hacia el más allá, creo no haber pasado los 20 kilómetros por hora, observé cada detalle de esta húmeda y lánguida ciudad que me alberga y toda minuciosidad de la gente y las cosas que la habitan. Justo cuando estaba llegando a mi etapa final de despedida algo extraño sucedió, al detenerme en el último semáforo antes de llegar a mi destino la luz roja de aquel tan común artefacto me hipnotizó y millones de recuerdos se apoderaron de mí. Los segundos se convirtieron en pesadas horas que dejaron huellas de mi vida en mi retina y fue la primera señal que recibí. La luz pequeña que largaba ese farol se convirtió en un estridente haz y la indicación de stop me quitó la loca idea que tenía en mi cabeza.
Pocas veces sentí tener las cosas tan claras, exactamente en el instante en el que un halo de expectativa me inundaba la luz amarilla se encendió y descubrí que no sería fácil seguir, que tendría que ir con cuidado, que debería decidir cómo continuar para enfrentar la vida de manera más responsable y así no arrepentirme de nada. Tantas dificultades me desalentaron y mientras volvía a mi original fallo un batallón de bocinazos me acribilló los oídos.
Cuando era pequeño me decían que era lento y tontito, en ese momento ya no me importaron mis complejos de infante, resolví que todos los autos me dejaran atrás mientras me deleitaba en la luz verde de mi salvador y me dejaba bañar, de una vez y para siempre, por sus rayos de esperanzas y entusiasmo.

Valeria Vidal
valevidal84@hotmail.com

interesante estadistica de Consultora cordobesa

16/04/2008
Una de cada tres familias no tiene vivienda propia
El dato surge de una encuesta realizada por la Consultora Delfos sobre necesidades habitacionales. La zona Sur de la ciudad es la que presenta mayor déficit habitacional.
En el 2006 el 69 por ciento de las familias cordobesas vivía en casa propia, este indicador durante el 2008 no se modificó, lo que si cambió fue el perfil habitacional de aquello que no son propietarios.
Dos años atrás alquilaba el 25 por ciento de la población y solo un seis por ciento vivía en casa prestada.
Actualmente creció siete puntos la cantidad de cordobeses que viven en hogares prestados y cayó la proporción de los que alquilan.
Si traducimos los porcentajes a números absolutos, son aproximadamente 25.000 las familias cordobesas, que quizás debido al aumento de los costos, prefirieron dejar de pagar expensas y pasar a vivir en casas prestadas.
Es común escuchar que pagando alquiler es imposible ahorrar para soñar con la vivienda propia, seguramente más de una familia cordobesa resigno la posibilidad de vivir en casa independiente y volvió por ejemplo al hogar paterno persiguiendo justamente ese objetivo.
El mayor déficit habitacional se manifiesta en la clase Baja donde cuatro de cada 10 familias no son propietarias. En tanto en la clase media el 34 por ciento no es dueño de su casa y en la clase Alta el 24.
Al trazar un mapa de necesidades habitacionales se observa que la zona Sur es la que aparece más relegada, el 38 por ciento de los habitantes de ese sector alquilan o tienen a alguien que les facilita una casa.
El Norte de la ciudad esta considerablemente en mejores condiciones, el 73 por ciento de las familias es propietaria, un 16 por ciento alquila y el 11 vive en casa prestada.
El casado casa quiere
Una curiosidad que surge de la investigación es que el nivel de propietarios es mayor entre las parejas casadas en comparación con aquellas que conviven pero que aun no tienen “papeles firmados”.
Mientras que entre los matrimonios el 69 por ciento vive bajo techo propio el 17 por ciento alquila y al 14 por ciento le prestan una casa, entre las parejas que están en concubinato solo la mitad es dueña.

Finalmente entre aquellos cordobeses que quedaron solos ( solteros, divorciados, viudos o separados) el 59 por ciento tiene casa propia, el 27 por ciento alquila y el 14 volvió a la casa paterna o bien le facilitan alguna vivienda.
Fuente de Información
- Informe de la Consultora Delfos sobre 500 encuestas domiciliarias realizadas en la ciudad de Córdoba a mayores de 18 años. Base de análisis: 359.404 hogares

La violencia del semaforo

La violencia del semáforo
Cansados de ser tildados por brutos y bestias unos ciudadanos se unieron para autoproclamarse victimas de un sistema social que los condena a sufrir los males de su propia ira. Estos consideraban que la violencia que los caracterizaba tenía su origen último en la indiferencia de la sociedad que no los tiene en cuenta y no se solidarizaba con su causa. Jefes de barra brava, dirigentes sindicales, policías, y entre otros conformaban esta particular agrupación.
Sus objetivos más inmediatos fue modificar, por medios legales, todo aquello que a su paso le crispaban los nervios, lo que lo sacaba de sus cabales, la chispa del incendio. Ejemplo: el semáforo. A pesar de que en todo el mundo éste es sinónimo de orden, estas personas acusaron su aspecto violento y hostil en una misiva dirigida a las autoridades políticas que decía más o menos lo siguiente:
Señores dirigentes políticos.
De mi mayor consideración.
Tengo el agrado de dirigirme a ustedes en representación de nuestra humilde agrupación que lucha por una sociedad menos agresiva, reivindicando así a aquellas personas que al no poder sentirse ajenos a ella reaccionan de manera violenta. Sepan ustedes que nos sentimos victimas, y no parte, de este sistema social que nos empuja a una mala reputación, nos tildan de animales y brutos, pero nosotros confiamos que todo es un malentendido, un punto de vista desacertado.
Así reunidos en asamblea y por votación unánime decidimos nuestra primera acción de lucha, no sin antes solicitar nuestro pedido por medio legales, dirigiéndonos en estas líneas a ustedes para que antes podamos entablar un dialogo.
Nuestro pedido no tiene que ver con cuestiones ambiciosas: no tiene que ver con dinero, ni cuestiones ecologista sino sobre algo que afecta tanto a personas tranquilas como encolerizas: el semáforo.
¿Con qué razón crea el hombre por un lado un vehículo capaz de transportarnos en poco tiempo a nuestros lugares de trabajo, y por el otro, como si fuera una burla de mal gusto un artefacto que nos prohíbe hacer un uso óptimo de sus ventajas? Como si fuera el auto el que nos maneja y no nosotros los que lo manejamos, tenemos que aceptar que el semáforo nos diga qué hacer. ¿Nunca se tuvo en cuenta que por naturaleza a ningún hombre le gusta que le digan qué hacer? Es nuestra esencia.
Y así como hay quienes se mantienen pasivos ante todo mandato, otros, en cambio, como las personas que represento, lo manifiestan de manera violenta en una cancha de fútbol, en una protesta social o en su hogar, con su familia.
Sepan que no estamos tan locos como para pedir que se elimine el semáforo de todas las esquinas, pero sin embargo estamos firmemente convencidos que con una reforma en su sistema podamos lograr que sea menos odioso.
Y este cambio tiene que ver con los colores que este usa para regular el transito. Más exactamente con un solo color: el rojo. Conocido por ser el que nos detiene en cada esquina, es también aquel que con su color tan intenso y provocativo, aviva una tensión de los nervios tal, que nos pone tiesos en la espera y nos vuelve más susceptibles a todo.
Seguro con un poco de investigación sobre el tema ratificarán por ustedes mismos que el semáforo encierra en su sistema una paradoja y una burla, ya que el rojo somete a los conductores a una ansiedad que convierte los segundos en minutos, la paciencia en enojo, y el privilegio de conducir en una desgracia. Sentimientos que en apariencia desaparecen con el verde, pero que en realidad sedimentan en nuestros inconscientes y se manifiestan, como ya dijimos, en cualquier discusión entre amigos. Es por eso que consideramos al semáforo como uno de los motivos de la furia que se desata en toda revuelta social sin sentido.
Por ello le rogamos encarecidamente que modifique el semáforo y considere un color más tranquilo como el azul. Éste es fácilmente visible y transmite paz y tranquilidad a las personas, concediéndoles así una espera menos agresiva y más persuasiva.
Prueben y verán que hasta ustedes mismos disfrutaran parar en cada esquina y encontrarse con este color tan amigable.
Sin más y esperando una pronta respuesta los saluda muy atentamente.
Luis, “el loco”, Buendía.

Por supuesto que la carta no logró más que una ráfaga de carcajadas entre sus lectores que le atribuyeron la autoría a algún chistoso que nunca falta. En la agrupación, en cambio, al no recibir respuestas comenzaron las discusiones que derivaron en peleas y en el fin del ambicioso proyecto que terminó extinguiéndose en sus propias llamas.


Fabián Gómez (fabi_11g@hotmail.com)

Los ojos del orden

Los ojos del orden

Llego a la esquina y allí está, aunque he pasado por varias que no lo tienen, y otras tantas en las que está sólo de adorno, pero éste tiene vida. Sus tres colores alternándose adecuadamente procuran manejar la situación, pero no toda la gente contribuye, las caras de los peatones y conductores no parecen apreciar demasiado su presencia.
El conductor prudente y respetuoso de las normas de tránsito sólo espera cuando la luz roja está ante sus ojos, mientras que el nervioso e impaciente por llegar a destino transforma su cara con gestos gruñones y si puede continúa a gran velocidad como si el aparato no existiera. Cuando el amarillo se ilumina, ya todos están listos para seguir, mientras que el peatón que quedó a mitad de la senda peatonal comienza a mirar para todos lados, porque sabe que el peligro lo asecha y debe hacer que sus piernas caminen más rápido para quedar a salvo. Y cuando enciende el verde ya todos han avanzado con sus vehículos y ahora es el que anda a pie quien se queja por la espera.
Esa es la rutina, todos los días un aparato con tres colores procura ordenar al tránsito, pero parece que a las personas las órdenes les disgustan porque no siempre las cumplen al pie de la letra. Y basta sólo una esquina para toparnos con distintos personajes que ante un mismo juego de luces adoptan actitudes totalmente diferentes.
Es cierto que en todas las cosas de la vida nunca se puede conformar a todo el mundo al mismo tiempo, pero también es un hecho que cuando ocurren sucesos desagradables todos miran hacia otro lado del mismo modo que lo hacen cuando imprudentemente pasan un semáforo en rojo procurando no ser vistos por algún inspector de tránsito que puede circular por allí facturando multas. Pero por la cabeza de muchos conductores la idea que reina es no tener que pagar dinero por la falta cometida, en lugar de pensar que no deben ejecutar un acto moralmente malo que puede ocasionar consecuencias trágicas.
Los índices de muertes por accidentes de tránsito en nuestro país parecen no desmentir estas irregularidades en la conducta de los argentinos. Nos quejamos cuando vemos que los autos no se detienen con el stop indicado por el color rojo, pero cuántas veces como peatones hemos cruzado a mitad de calle con la luz verde, por no esperar unos segundos y sin pensar que inesperadamente podríamos ser atropellados.
La buena conducta vial empieza por uno mismo, en las pequeñas acciones. Cuando ocurre un accidente ¿cuántos se quejan de que en ciertas esquinas no hay semáforos? Pero… ¿de qué sirve eso si cuando están presentes no los respetamos? Podemos reclamar, pero también cumplir.
Si ese aparato con tres ojos hablara, seguramente todos seríamos infractores o lo fuimos alguna vez. Y si voláramos con nuestra imaginación y tendríamos la capacidad de oír las charlas de semáforos vecinos, seguramente no hablarían muy bien de nuestra conducta en la calle, y estos dispositivos no serían chismosos que hablan por hablar sino realistas que ven lo que no debería suceder.
Rojo, amarillo y verde, combinación que nos indica parar, mirar o avanzar; pero dadas las cosas hoy en día, tendríamos que pensar en tres palabras que tal vez nos harían comprender la gravedad de un acto que para nosotros es una tontería pero que puede convertirse en tragedia. Si nos dieran a elegir entre: muerte, advertencia o vida, ¿con qué nos quedaríamos? Tal vez lo mejor sería que para evitar nuestra propia muerte o la de otro, actuáramos prudentemente y eligiéramos vivir y permitir que los demás también puedan hacerlo. ¿Acaso no podríamos combinar nuestras acciones del mismo modo que el semáforo combina sus luces para generar un orden social?
Después de todo podríamos analizarnos y sin dudas ni muchas vueltas, nos guste o no, por nuestro propio beneficio, resulta más redituable perder un minuto de la vida, que la vida en un minuto.

Ana Paula Carreras
anapaula115@hotmail.com

Quien fuera semaforo

Quien fuera semáforo
Rojo: para algunos, el momento en el que es preciso frenar; para otros, la señal de que todo comienza. A consideración de los primeros, tiempo muerto; para los segundos, hora de trabajar y transformar el instante en minutos de creación y de vida.
Simpáticos personajes ocupan la senda peatonal. A diferencia de los transeúntes, ellos no están de paso, sino que llegaron para quedarse; la esquina elegida es un espacio de trabajo, no de tránsito.
Se trata de los malabaristas, quienes sin excepción sienten pasión por lo que hacen, aunque la mayoría de las veces el oficio surge cuando existen pocas posibilidades para afrontar la jungla del hambre y la exclusión. Semejante preparación que requiere kilos de práctica, puñados de paciencia y una pizca de talento no podría ser afrontada de otro modo. Clavas plateadas, doradas o forradas en papel, pelotas compradas o fabricadas con lo poco disponible, malabares con tres objetos, con cuatro, con cinco o con fuego,... todo vale cuando se trata de mantener la atención del espectador en los cuerpos que, como por arte de magia, permanecen simultáneamente en el aire sin caer al suelo. Y si ocurre semejante infortunio, producto de la falta de atención, un movimiento demasiado brusco o una simple respiración fuera de lugar, basta con mantener la cabeza en alto, recoger los elementos del suelo y, si el semáforo sigue acompañando con su rojo, reiniciar la tarea.
El conductor, que se sumerge en un profundo sueño permitiendo la aparición del espectador, reacciona de distintos modos a estos magos de la calle. Está aquel que, ofuscado e impaciente, prefiere comenzar a disminuir la velocidad desde el comienzo de la cuadra para no tener que aguardar a la llegada del amarillo en la esquina en la que el asfalto deviene en escenario. Quizás por pertenecer al reino de los acostumbrados al eterno movimiento, tal vez porque nadie le enseño a sorprenderse ante la belleza del camino en lugar de correr pensando cuánto falta para llegar. Ni hablar de aquellos que han emprendido el cronometrado camino de la eficiencia y vivencian la espera como una innecesaria parada que impide arrivar a tiempo a tal o cual lugar o, en su defecto, la encuentran como el instante propicio para realizar una llamada telefónica pendiente.
Están, por otro lado, los apurados divertidos, que aunque llegan tarde al lugar de destino y se han perdido a sí mismos entre el acelerado y descoordinado movimiento de brazos y piernas que realizan para manejar rápido, se dejan tentar por los malabares y encuentran el modo de colaborar con algunos centavos. Sin duda, los preferidos por los artistas son los amigos de la calle, aquellos que vienen con sonrisa incorporada y, cual familia que pasea por la costanera una tardecita de domingo, meditan cada paso de su automóvil, nunca sobrepasan los 20 kilómetros por hora y son generosos a la hora del paso de gorra.
Telón. El espectáculo ha terminado y una cortina amarilla acaricia cada rincón de la esquina notificando el cambio de estación. La colorada primavera de malabares da lugar ahora al descanso de los artistas y el renacimiento de los conductores que, aplaudiendo o no, colaborando a engrosar la recaudación del malabarista o mirando para otro lado, se retiran de la sala para dar lugar a nuevos espectadores. Verde, amarillo, y otra vez rojo para que la función vuelva a comenzar.
El semáforo, parado siempre en el mismo lugar y con la rutinaria ocupación de regular el tránsito, es también partícipe silencioso de estos espectáculos que conforman el complejo y enmarañado mundo de nuestras calles.

María Emilia Schmuck
emi_sch@hotmail.com

Porque de este blog

Todos los años los alumnos de Taller de Redaccion del tercer año de la Carrera de COMUNICACION SOCIAL DE LA FACULTAD DE CIENCIAS DE LA EDUCACION DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE ENTRE RIOS ,producen textos periodisticos en los trabajos practicos.-
La catedra considera importante que los mismos, con la firma de sus autores y sus correos electronicos puedan ser publicados en un blog para ser compartidos por otros alumnos de comunicacion de diversas universidades publicas y privadas y contribuyan a un intercambio entre los jovenes.
Lic Horacio Robustelli.
Profesor Titular ordinario
UNER